Luz en la oscuridad.



Vivimos en un mundo donde las personas actuamos, muchas veces, desde nuestros miedos. Y algo que me sorprende es cómo clasificamos a los demás según nuestra propia manera de ser.

Para una persona buena, todos son buenos. No ve maldad en los demás, y por eso, muchas veces, sufre abusos. Se suele decir que “no sabe poner límites”, pero yo creo que más bien refleja su esencia: damos lo que somos.

No siempre recibimos lo que damos, pero sigo creyendo en esa ley de vida.

En cambio, las personas malas ven maldad en todas partes. Actúan a espaldas de quienes los aman porque temen ser tratados como ellos tratarían a los demás. Buscan aliados, no amigos; buscan a quienes puedan manipular o de quienes abusar.

En esta lucha diaria entre bondad y maldad nos movemos todos. Aunque nadie es 100 % bueno o malo, es cierto que educar en estos tiempos se ha vuelto un gran desafío: vivimos expuestos a la maldad más que a la bondad.

¿Cómo enfrentar este caos?

La respuesta para enfrentar este caos cotidiano no está en elegir un extremo, sino en aprender a caminar con equilibrio:

Pongamos límites. Ser bueno no significa permitir abusos.

Reconocer la maldad sin volvernos parte de ella. No caer en el mismo juego.

Elige cada día desde qué lugar quieres actuar. Tu actitud es tu mayor arma frente al caos.

Hoy más que nunca necesitamos recordar que no somos lo que el mundo hace con nosotros, sino lo que decidimos hacer con lo que el mundo hace. La maldad existe, pero también la bondad, y siempre está en nuestras manos decidir de qué lado queremos estar.

Dejó una reflexión Ana Frank que me resuena mucho aquí: “Quien es feliz hará también felices a los demás; quien tiene odio no puede dar más que odio”.


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